Un viaje a Japón, tres días de Karate-Do Shotokan, nuevos aprendizajes y una experiencia inolvidable para el equipo de Ranai Dojo
Así comenzó nuestra aventura en el 3rd HDKI International Seminar and Cup, un encuentro internacional que reunió en Gotemba a practicantes de Karate-Do de diferentes partes del mundo bajo el paraguas de la HDKI.
Más allá de los entrenamientos, los exámenes y la competición, este viaje nos permitió compartir el camino con compañeros de otros países, poner a prueba nuestro Karate y vivir de primera mano la dimensión internacional de nuestra comunidad.



De Barcelona a Gotemba: un encuentro internacional de Karate-Do
Aterrizamos en Tokio el día 11 de septiembre y, después de pasar el control de inmigración, nuestro chófer ya nos estaba esperando para llevarnos al hotel. Lo habíamos elegido estratégicamente para que, un día y medio después, pudiéramos llegar andando al punto de encuentro con el resto de compañeros de HDKI que habían viajado hasta Japón desde distintos rincones del planeta.
A las siete de la mañana, con la puntualidad japonesa que cabía esperar, nos reunimos unas 150 personas y nos repartimos en varios autobuses rumbo a Gotemba, una ciudad situada cerca del emblemático monte Fuji, conocido en Japón como Fuji-san.
Nuestro objetivo era participar en el 3rd HDKI International Seminar and Cup, un encuentro internacional de Karate-Do que prometía unos días intensos de práctica, aprendizaje y convivencia. Algunos de nosotros aprovecharíamos la ocasión para presentarnos a examen de grado, mientras que otros participarían en la competición de kata prevista para el último día.
Tres días de Karate-Do Shotokan: aprendizaje dentro y fuera del tatami
El seminario fue una experiencia muy enriquecedora, tanto desde el punto de vista técnico como personal. Nos permitió profundizar en nuestro Karate, conocer mejor a los compañeros de nuestro propio dojo y estrechar lazos con la comunidad internacional de HDKI.
La actividad comenzó el mismo día de nuestra llegada a Gotemba. Mientras algunos autobuses nos dejaban primero en el hotel, otros compañeros se dirigían directamente al pabellón deportivo de la localidad, donde se había organizado el evento.
Los participantes estábamos distribuidos en cuatro grupos según nuestro nivel. Durante dos días, cada grupo realizó dos entrenamientos diarios, dirigidos cada vez por un sensei diferente.
Cada sesión fue única. Los entrenamientos se adaptaban al nivel de los participantes y ofrecían enfoques distintos sobre el Karate-Do Shotokan. Cada instructor compartía su manera de entender, interpretar y transmitir este arte marcial, ofreciéndonos nuevas perspectivas sobre nuestra práctica.
Algunas enseñanzas nos resultaron novedosas; otras nos recordaron principios que ya conocíamos, pero que siempre conviene revisar y volver a trabajar. Porque entrenar no consiste únicamente en aprender cosas nuevas: también significa profundizar en lo que ya sabemos y descubrir cuánto nos queda todavía por comprender.



Una sesión sorpresa con los jóvenes karatekas de Gotemba
Como si el programa del seminario no nos hubiera deparado ya suficientes sorpresas, también tuvimos la oportunidad de participar en una sesión especial junto a los miembros del instituto de Gotemba. Nos encontramos con un grupo de jóvenes karatekas de entre 16 y 17 años, competidores de alto nivel que nos demostraron desde el primer momento que la juventud no está reñida con la disciplina, la exigencia y un Karate-Do de gran calidad. Durante una hora compartimos tatami en un entrenamiento centrado en el kihon y el kumite, trabajando intensamente y tratando de seguir el ritmo de unos compañeros que entrenaban con una energía y una determinación admirables. Fue una sesión exigente, de esas que te obligan a dar un poco más de ti mismo en cada repetición, a mantener la concentración y a salir de tu zona de confort. Pero lo que hizo realmente especial aquella hora fue el ambiente que se creó entre todos. Más allá de las diferencias de edad, idioma o experiencia competitiva, nos entendimos a través del Karate: el esfuerzo compartido, el respeto mutuo y las ganas de entrenar juntos. Al terminar, salimos con una mezcla extraordinaria de cansancio, satisfacción, energía y alegría. Quizá podríamos definirlo como happy karate: entrenar duro, dar lo mejor de uno mismo y, al mismo tiempo, disfrutar de cada instante sobre el tatami. Sin duda, fue uno de esos momentos que no aparecen necesariamente en el programa oficial, pero que terminan convirtiéndose en algunos de los recuerdos más especiales de un viaje. Una experiencia inolvidable que nos recordó que el Karate-Do Shotokan no solo se construye a través de la técnica y la competición, sino también mediante las personas con las que compartimos el camino. ¡Una auténtica inyección de energía para todo el equipo de Ranai Dojo!
Tres grandes referentes del Karate-Do Shotokan
El seminario contó con la participación de tres grandes referentes del Karate-Do Shotokan: Scott Langley Sensei (7.º Dan), fundador y director técnico de la HDKI (Hombu Dojo Karate International); Guy Brodeur Sensei (7.º Dan), reconocido instructor canadiense, fundador de Shotokan Canada y responsable técnico de HDKI Canada; y Shinichiro Takenoshita Sensei, maestro japonés con una estrecha vinculación con la formación y evaluación de karatekas de la organización y responsable técnico de HDKI Japón.
Tener la oportunidad de entrenar con instructores de trayectorias y perspectivas tan diferentes fue uno de los grandes privilegios de este encuentro internacional. Sus enseñanzas nos permitieron profundizar en nuestra práctica del Karate-Do Shotokan y seguir aprendiendo dentro de una comunidad que comparte la pasión por este arte marcial.





Exámenes de grado: nervios, jet lag y tres nuevos grados para Ranai Dojo
El segundo día, después de los entrenamientos, llegó el momento de los exámenes de grado.
Hablando desde la experiencia propia, el examen acabó pasando en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, mientras lo estábamos haciendo, cada espera parecía eterna. Y si hubo un momento especialmente largo, fue el tiempo que los sensei examinadores dedicaron a deliberar antes de comunicar los resultados.
En esos instantes, no podíamos evitar preguntarnos si el jet lag, que nos habíamos llevado de regalo por llegar a Japón prácticamente justo antes del comienzo del seminario, acabaría pasándonos factura.
Y sí, para sorpresa de nadie, ¡el jet lag hizo de las suyas! Aunque a unos nos afectó más que a otros, ya fuera por nuestro cronotipo —búhos, alondras o colibríes— o por cualquier otra razón.
Aun así, el balance para nuestro dojo fue muy positivo. Ranai Dojo regresó a Barcelona con tres nuevos grados, fruto del trabajo realizado antes del viaje y del esfuerzo de nuestros compañeros durante el examen.
De los cuatro integrantes del dojo que nos presentamos, uno superó dos de las tres partes del examen, pero tendrá que repetir la parte pendiente. Las pruebas se estructuran en tres apartados: kihon (técnica fundamental), kata (formas) y kumite (combate). Para completar el grado, será necesario volver a examinarse de la parte no superada, respetando el periodo mínimo de tres meses de entrenamiento antes de la siguiente convocatoria.
Así que ya lo sabéis: ¡a ponerse las pilas, que el próximo examen llega sí o sí!
Los exámenes forman parte del camino del Karate-Do, pero no lo son todo. Cada resultado nos ofrece información sobre nuestro nivel actual y sobre aquello que debemos seguir trabajando. Aprobar es una alegría; identificar lo que necesitamos mejorar también es una oportunidad para avanzar.

HDKI International Cup: el valor de competir y seguir aprendiendo
El tercer día estuvo dedicado íntegramente al torneo. En esta ocasión, solo dos valientes de nuestro grupo se animaron a participar en la competición de kata, así que el resto nos quedamos con las ganas de demostrar lo aprendido sobre el tatami competitivo.
¡Podemos decir que hemos reservado fuerzas para brillar todavía más en el próximo torneo! 😉
Esta vez no volvimos a casa con ningún trofeo, pero sí con algo que nadie nos puede quitar: la experiencia.
Participar en una competición internacional permite poner en práctica lo entrenado, gestionar los nervios y observar cómo trabajan otros karatekas. También ayuda a entender que competir no consiste únicamente en ganar medallas, sino en aprender, compartir y encontrar nuevos retos que nos impulsen a mejorar.
Desde Ranai Dojo, creemos que tanto los seminarios como los exámenes y las competiciones forman parte de una misma experiencia de crecimiento en el Karate-Do Shotokan.
El día terminó con la Sayonara Party en un restaurante de la zona y de vuelta al hotel para tomar las últimas cervezas y charlar con los viejos y nuevos amigos de HDKI.
A la mañana siguiente llegó el momento de despedirnos de nuestros compañeros de HDKI. El seminario había terminado y cada uno debía continuar su camino.
Nosotros nos dirigimos a la estación de Gotemba y, desde allí, comenzamos nuestra propia ruta turística por Japón. El Karate había sido el motivo principal del viaje, pero todavía nos quedaban muchos kilómetros, templos y experiencias por delante.





De Gotemba a Hakone: descanso merecido después del Karate
Nuestra siguiente parada fue Gora, en la región de Hakone y, por tanto, todavía cerca del monte Fuji.
Nos alojamos en un ryokan tradicional japonés que disponía de onsen privados y compartidos. Después de varios días de entrenamiento intenso, nos pareció una excelente manera de recuperar fuerzas y disfrutar de una faceta diferente de la cultura japonesa.
Habíamos optado por la alternativa más económica para llegar desde Gotemba: varios autobuses, maletas incluidas. Que fuera la mejor decisión logística es algo que todavía podríamos debatir, pero lo importante es que llegamos a nuestro destino.
Como nos ocurrió prácticamente en cada cambio de ciudad, aún faltaban unas horas para poder hacer el check-in. Dejamos las maletas en el alojamiento y aprovechamos el tiempo para seguir explorando la zona.
Esta vez, nuestro plan incluía varios autobuses más, aunque al menos ya viajábamos sin equipaje. ¿Y cuál era nuestra actividad favorita del viaje? Visitar un templo.
También vimos un torii, el característico pórtico que marca la entrada a un espacio sagrado sintoísta. El santuario se encontraba en un entorno especialmente atractivo y, aunque aquel día nos acompañó la lluvia, disfrutamos igualmente de la visita.
Por si todavía no había quedado claro, lo de que visitar templos era nuestra actividad favorita del viaje contenía cierta dosis de ironía. Japón tiene mucho que ofrecer y nosotros estábamos decididos a descubrirlo, aunque eso implicara sumar unos cuantos santuarios más a nuestra colección.
Por la tarde, después de hacer por fin el check-in, llegó el momento que todos esperábamos: relajarnos en el onsen y disfrutar de una cena tradicional japonesa. Una recompensa más que merecida después de tantos entrenamientos.


Hiroshima: historia, cultura y memoria
La siguiente gran parada de nuestro viaje fue Hiroshima, al sur de Japón.
Es una ciudad marcada por uno de los episodios más devastadores de la historia contemporánea: el lanzamiento de la bomba atómica por parte de Estados Unidos el 6 de agosto de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial. Visitar Hiroshima permite acercarse a esa historia desde un lugar real, donde la memoria de las víctimas sigue muy presente.
Llegamos en shinkansen, el famoso tren de alta velocidad japonés, conocido popularmente como bullet train. El trayecto nos llevó unas cinco horas, con una distancia recorrida de aproximadamente 750 kilómetros.
Para comer durante el viaje, compramos unos bento en la estación de Odawara, desde donde salía nuestro tren. Estas cajas de comida preparada son una opción muy práctica para viajar por Japón y, además, permiten probar distintas especialidades de su gastronomía.
Una vez en Hiroshima, aprovechamos para dar un paseo y cenar en dos grupos de cuatro personas en unas tabernas tradicionales conocidas como izakaya. La mayoría nos decantamos por uno de los platos más representativos de la ciudad: el Hiroshima-style okonomiyaki, una especie de tortilla o crepe salado preparado con diferentes ingredientes y capas, entre ellos col, fideos, huevo y salsa.
Al día siguiente nos desplazamos en tren y ferry hasta Miyajima, una isla situada cerca de Hiroshima. El erudito confuciano Hayashi Gahō la incluyó entre los tres paisajes más célebres de Japón, conocidos como Nihon Sankei.
No somos expertos en paisajes japoneses —todavía—, pero entendimos perfectamente por qué ocupa ese lugar. Miyajima tiene un encanto especial, con sus santuarios, su entorno natural y el célebre torii de Itsukushima, que parece flotar sobre el agua cuando sube la marea. No sorprende que la isla conserve un carácter sagrado para muchas personas.
En nuestro segundo día completo en Hiroshima visitamos un parque con jardín japonés, nos acercamos al castillo de Hiroshima —del que hoy se conserva una reconstrucción parcial— y pasamos por un Oktoberfest. ¡Que no falte una buena cerveza alemana en septiembre, incluso estando en Japón!
Pero había una visita imprescindible, tanto por su importancia histórica como por lo que representa: el Monumento de la Paz de Hiroshima y el Parque Memorial de la Paz.
La visita adquiría, además, un significado especial en un momento en que vemos cómo algunas sociedades que parecían haber dejado atrás el fascismo vuelven a abrirle las puertas. Recordar Hiroshima no es solo mirar al pasado; también es reflexionar sobre el presente y sobre la responsabilidad colectiva de evitar que tragedias semejantes vuelvan a repetirse.
A medida que nos acercábamos al recinto, y tratando de ser conscientes de lo que aquel lugar representa, se intensificaban las sensaciones: la angustia, el duelo y la necesidad de recordar.
No es una visita que pueda reducirse a hacer fotografías o marcar un punto más en el itinerario turístico. Es una experiencia que invita al silencio, a la reflexión y a llevarse algo de allí que permanezca con nosotros mucho después de marcharnos.
Algunos compañeros consiguieron visitar también el museo; otros necesitaron tomarse una pausa antes de continuar. Cada persona vive estos espacios de una manera distinta, y creemos que todas ellas merecen el mismo respeto.
Después de tantas emociones, tocaba recuperar fuerzas. Eso sí, también habíamos llegado al límite de nuestra capacidad para comer okonomiyaki. Estaba muy rico, pero, después de probarlo tantas veces, algunos ya necesitábamos cambiar de menú.

Encontramos algo diferente para cenar y nos fuimos a dormir. Era nuestra última noche en Hiroshima.
A la mañana siguiente nos despedimos de la ciudad y subimos de nuevo a un tren, esta vez con destino a Kioto.
La aventura japonesa continuaba y todavía nos quedaban muchas experiencias por compartir.
