Kioto: templos, callejones y una inmersión en la vida japonesa
El viaje continuó hacia Kioto a bordo de otro Shinkansen, con aquella sensación de estar dentro de un Shambala controlado de los años noventa. Como ya nos había sucedido en otros trayectos, llegué con ganas de permanecer un poco más en el tren, de seguir observando cómo cambiaba el paisaje y cómo se sucedían las casas mientras, dentro del vagón, reinaba una calma extraordinaria.
Al llegar, volví a tener la misma impresión que en otras estaciones: más que un intercambiador de transporte, parecía que habíamos entrado en un centro comercial subterráneo. Era un fenómeno que se repetía constantemente en Japón: numerosos comercios, con precios similares a los de cualquier zona comercial convencional, se organizaban alrededor de las estaciones y de los incesantes flujos de personas. A pesar de la aglomeración, no transmitían la sensación de una multitud apresurada, sino la de miles de personas desenvolviéndose con absoluta normalidad en sus desplazamientos cotidianos.
Como Kioto iba a ser la ciudad en la que pasaríamos más noches, tenía muchas ganas de llegar al hotel y establecer nuestro pequeño campamento base. Necesitábamos un lugar desde el que movernos con libertad, sin tener que hacer y deshacer las maletas constantemente.

De todos los días que pasamos allí, el primero es probablemente el que recuerdo con mayor intensidad, quizá porque quedó grabado en mi memoria como una experiencia especialmente sensorial. La primera parada fue un restaurante especializado en pescado a la brasa, donde descubrí que separar las espinas del jurel con los palillos podía convertirse, por sí solo, en todo un reto culinario. Una actividad tan entretenida como saciante.
Al salir y empezar a perdernos por las calles, encontramos una tienda de kimonos de segunda mano con precios sorprendentemente bajos. Había yukatas y haoris, así que todos empezamos a probarnos prendas y a pensar en los primeros regalos del viaje.

La ruta continuó por el mercado de Nishiki, una especie de versión japonesa de la Boquería, repleta de puestos, colores y productos. Sin embargo, el ambiente olfativo resultaba algo más occidentalizado de lo que esperaba. Desde allí nos dirigimos hacia el barrio de Gion, donde empecé a notar con más intensidad los efectos de la masificación turística.
Otro compañero y yo decidimos desviarnos por una ruta secundaria para escapar de la multitud que ocupaba la avenida principal. Había oído que Kioto era una ciudad especialmente agradable para recorrer a pie, gracias a la combinación de sus zonas urbanas con pequeños callejones silenciosos. No tardamos en comprobarlo: la sensación de recuperar la calma y recargar las pilas fue prácticamente instantánea.
La jornada continuó con la puesta de sol en el templo de Yasaka, cuyos farolillos comenzaban a reflejar tonos dorados y rosados. Muchos de ellos llevan los nombres de empresas y negocios locales que contribuyen a su financiación, una presencia habitual en templos y cementerios japoneses que también forma parte del paisaje cultural del país.
La noche terminó con una versión nipona del mar y montaña: unos noodles acompañados de una salsa de carne y marisco de sabor intenso. Fue uno de esos descubrimientos gastronómicos que dejan huella, hasta el punto de que parte del grupo volvería a aquel establecimiento al final de la estancia.



Los días siguientes comenzaron con desayunos abundantes, poco occidentales, y largas caminatas hacia templos budistas. Todo ello sin olvidar la experiencia, casi iniciática, de viajar en un autobús urbano de Kioto en pleno verano.
Kioto se nos reveló como una ciudad profundamente turística y comercial, pero también como un lugar con una importante tradición textil. Nos interesó especialmente descubrir comercios dedicados al diseño y la producción japonesa, así como propuestas locales de moda rápida inspiradas en prendas tradicionales, como el hakama. Sus siluetas amplias y sus patrones ofrecen formas a las que muchos europeos no estamos acostumbrados, y permiten apreciar cómo la indumentaria tradicional sigue influyendo en la moda contemporánea.


Además de visitar lugares conocidos, como Nara y sus famosos ciervos, y de vivir la experiencia sensorial de recorrer por la noche los miles de torii del santuario Fushimi Inari, también encontramos tiempo para realizar excursiones menos turísticas. Algunas de ellas, cerca del bosque de bambú, nos transportaron a esos veranos que muchos llevamos grabados en la memoria a través de las escenas de nuestros animes favoritos.
Las seis noches en Kioto nos permitieron, además, reorganizar el grupo y explorar la ciudad con distintas combinaciones, adaptándonos a las energías cambiantes y a los gustos particulares de cada uno. Hubo tiempo para probar izakayas de todo tipo, diferentes cortes de wagyu, casquería de pollo, lengua de vaca, karaokes locales, bares de aspecto bastante sórdido y, por supuesto, una cantidad considerable de templos.
Porque viajar en grupo también consiste en eso: compartir experiencias, descubrir afinidades inesperadas y aceptar que no todos vivimos un mismo lugar de la misma manera.
Koyasan: una noche en el corazón del budismo Shingon
El viaje continuó hacia Koyasan, una parada de una sola noche en un entorno mucho más rural, en las montañas donde se encuentra uno de los centros espirituales más importantes del budismo Shingon, una de las principales escuelas budistas de Japón.
Nuestra estancia incluía una cena y un desayuno vegetarianos, en consonancia con los principios de respeto a la vida que caracterizan la tradición culinaria budista, además de la posibilidad de asistir a una ceremonia a la mañana siguiente.




Después de disfrutar del onsen del alojamiento, decidimos realizar una pequeña práctica colectiva de atención plena, más conocida como mindfulness. Nos reunimos todos para dedicar unos minutos a la experiencia y, posteriormente, compartir las sensaciones que había despertado en cada uno. Fue una manera sencilla de detener el ritmo del viaje y prestar atención a algo que a menudo queda relegado cuando pasamos los días visitando lugares y acumulando experiencias.
El grupo también decidió madrugar para asistir a la ceremonia de las seis de la mañana. Poder presenciarla y participar, aunque fuera de manera periférica, resultó una experiencia profundamente inspiradora.
El budismo es una tradición espiritual que puede despertar una enorme fascinación entre los europeos, aunque no siempre resulte fácil comprenderla desde nuestras propias categorías culturales. En Japón, su presencia transita entre la filosofía, la práctica cotidiana, los rituales y la religión, sin que estas dimensiones encajen necesariamente en las divisiones a las que estamos acostumbrados.
Quizá por eso, la experiencia de Koyasan nos invitó también a reflexionar sobre nuestra posición como visitantes. ¿Cómo acercarse a una tradición espiritual ajena con curiosidad y respeto, sin convertirla en un simple decorado exótico para nuestras vacaciones? ¿Cómo participar de una experiencia de este tipo sin caer en una especie de versión turística de The White Lotus?
No encontramos respuestas definitivas, pero sí la oportunidad de detenernos, observar y compartir una experiencia diferente a las que habían marcado el resto del viaje.
Osaka: últimas compras y la promesa de volver
La recta final del viaje nos llevó a Osaka, una ciudad vibrante, caótica y llena de vida. A esas alturas, nuestras reservas de energía empezaban a disminuir. Algunos notábamos cefaleas y molestias articulares, mientras que otros comenzábamos a sentir esa anticipación melancólica que aparece cuando sabes que una aventura está llegando a su fin.


Osaka es una ciudad especialmente activa por la noche, pero nuestros ánimos se concentraron en los últimos objetivos pendientes: las compras finales, gastar los yenes que todavía nos quedaban y aprovechar hasta el último momento los drugstores y convenience stores que habían acompañado prácticamente todo el recorrido.
Porque, seamos sinceros, ¿qué mejor momento para comprar un sérum facial que las once de la noche, después de una buena cena y con la sensación de que todavía queda alguna compra imprescindible por hacer?
Mención especial merecen los takoyaki de los puestos callejeros y los restaurantes de sushi con cintas transportadoras y sistemas robotizados, que nos permitieron completar esa lista mental de experiencias gastronómicas pendientes antes de abandonar Japón.
Osaka fue, en cierto modo, el epílogo de una aventura que había combinado entrenamiento, cultura, gastronomía, descubrimientos y convivencia. Llegamos al final cansados, con el cuerpo reclamando descanso y la maleta bastante más llena que al comienzo. Sin embargo, junto al agotamiento quedó una sensación difícil de explicar: una mezcla de satisfacción, nostalgia y cierta adicción.
Como si algo hubiera quedado incompleto. Como si, a pesar de haber recorrido tantos lugares y vivido tantas experiencias, todavía quedara algo por descubrir.



Quizá esa sea una de las huellas que deja Japón en quienes lo visitan: la intuición de que, aunque no sepas exactamente cómo ni cuándo, acabarás encontrando la manera de regresar y reencontrarte con aquel lugar que, por algún motivo, ya sientes un poco tuyo.
Y así terminó el viaje. O, al menos, esta primera parte de nuestra historia con Japón.
Más allá de los lugares visitados, los entrenamientos y las experiencias vividas, este viaje a Japón ha sido también una oportunidad para crecer como grupo, compartir aprendizajes y acercarnos a una cultura que tiene mucho que enseñarnos dentro y fuera del tatami. Pero, sobre todo, ha sido una experiencia de convivencia. Compartir tantos días, descubrir lugares nuevos, superar el cansancio, improvisar planes, reírnos de las pequeñas anécdotas y afrontar juntos los imprevistos nos ha permitido conocernos de otra manera. Porque es precisamente en esos momentos, lejos de la rutina y fuera del tatami, donde los compañeros de práctica dejan de ser únicamente compañeros y empiezan a convertirse en amigos.
Desde Ranai Dojo entendemos que el Karate-Do no se limita a lo que sucede durante el entrenamiento. También se construye viajando, observando, conviviendo y compartiendo experiencias que nos acompañan mucho después de regresar a casa. Volvemos con nuevos conocimientos, recuerdos que ya forman parte de nuestra historia común y vínculos que, sin duda, seguirán creciendo con el tiempo.
El viaje termina, pero el camino continúa. Y lo mejor es poder seguir recorriéndolo juntos.
